Vivir en Guate es como habitar en el infierno

¿Cómo seguir viviendo en este país donde los seres humanos son descuartizados como ganado, sin que nuestro corazón se afecte?

Sylvia Gereda Valenzuela

A mí, se me hace más difícil cada día asimilar la realidad de Guatemala. Hay momentos, en que me encantaría salir corriendo, tirar mis dos celulares al lago de Atitlán, borrar mis cuatro cuentas de correo electrónico, poner en blanco mi Facebook y twitter. Cancelar mis tres suscripciones a periódicos, jamás volver a ver un noticiero, irme a vivir lejos.. y simplemente olvidarme de las tragedias de este país para dedicarme a leer los mejores libros de la literatura universal.

Meter la cara bajo la tierra, como lo hacen tantos avestruces que viven campantes y felices en este mismo país, sin tan siquiera enterarse de lo que acá sucede, sería lo más fácil.

Pero el problema es que cuando uno ama con locura a esta Guatemala, y tiene sus pies anclados a su tierra como si fueran una inmensa raíz subterránea todos estos deseos subconcientes se vuelven una fantasía, porque existe una fuerza dentro de uno que lo impulsa a no abandonarlo, a creer que se puede rescatar.

Mi gran incógnita es, ¿Cómo seguir viviendo en este país donde los seres humanos son descuartizados como ganado, sin que nuestro corazón se afecte?, ¿Cómo permanecer inmune y sobrevivir ante el sufrimiento de tantas víctimas?, ¿Cómo conseguir que tanta agresividad nos deje seguir respirando?

Hace una semana, nos tocó ser testigos en Petén, de una de las más terribles masacres que se han escrito con sangre en nuestro país.

Ayer, me quedé petrificada leyendo el relato de cómo el cuerpo de Allan Stowlinsky Vidaurre, un joven auxiliar fiscal del Ministerio Públicode la Fiscalía Distrital de Cobán, de apenas 36 años, fue encontrado despedazado en tres bolsas de plástico negro, frente al Palacio de Gobernación en Cobán.

Allan Stowlinsky participó en un operativo en Raxruhá, Chisec, Cobán, en el cual  incautaron 432 kilos de cocaína, la brutalidad del crimen es siniestro y demoniaco y deja un mensaje de terror en la población.

A veces, uno quisiera como periodista no cubrir estas masacres ni informar de lo que pasa. Pero yo siempre me pregunto, ¿merecen las víctimas morir sin que se exija justicia?, ¿Merecen las víctimas sufrir y luego morir ignoradas por su país? En este caso, sería una aberración dejar de exigir justicia y callar estas muertes.

Hace apenas una semana, la Directora de la Fundación Sobrevivientes me comentaba cómo todos los días le toca enfrentarse con pedazos de mujer que son metidos en bolsas negrasa. Hace pocos días se dejaron el el Transurbano varias bolsas con pedazos de piernas y brazos que contenían mensajes de extorción para los dueños de buses.

Y en las morgues se ven mujeres que son asesinadas hasta con 90 puñaladas en el corazón; una saña inimaginable.

Mi mente no ha logrado procesar en qué momento el hombre pierdió su racicionio y se convirtió en un salvaje lobo que todo lo descuartiza. Pero lo que sí estoy segura, es que vivimos en uno de los países más enfermos del mundo, un país lleno de violencia e ira y que corremos el gran riesgo de enfermarnos de tanto dolor o volvernos locos; porque la agresión se ha salido de su cause.

Paulino Castells, en su texto Violencia Juvenil un lastre del siglo XX, asegura que, “La violencia florece allí donde reina el desequilibrio entre aspiraciones y oportunidades o existen marcadas desigualdades económicas. Especialmente fecundas para el cultivo de la delincuencia son las subculturas abrumadas por la pobreza, el desempleo, la discriminación, el fácil acceso a las armas, un sistema escolar ineficaz y un política penal deshumanizada y revanchista que ignora las medidas más básicas de rehabilitación.

Un caldo de cultivo fértil para la proliferación de la violencia es la anomia (término acuñado por el sociólogo Emil Durkheim a principios del siglo XX, para definir la ausencia de reglas sociales que guíen las conductas de las personas), se trata de un gravísimo estado de desintegración cultural que surge en una comunidad cuando las necesidades vitales -tanto físicas como emocionales- no se satisfacen y las personas se frustran progresivamente, para acabar transformándose en una situación global de intolerancia y desinterés total por la convivencia¨.

Termina diciendo, que el hecho de que ya nos hayamos acostumbrado a convivir en una sociedad violenta se debe a que incorporamos a nuestra estructura mental (es decir, interiorizamos) los “hechos violentos” como acontecimientos habituales que ya forman parte -o pueden formar parte- de nuestra vida cotidiana, como, por ejemplo, sacar el perro a pasear, llevar al hijo a la escuela o ir de compras al supermercado.
Yo solo le pido a Dios que esa Anestesia por el dolor ajeno se detenga en esta Guatemala, porque seguir sintiendo es la única manera de seguir vivos en este terruño.

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